Editorial

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INTERNAS:

No hay mejor herramienta de la democracia para que los partidos elijan sus candidatos. Lamentablemente suelen quedar heridas abiertas difíciles de cerrar.

Las llamadas PASO (primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias), creadas en 2009 vinieron para sustituir las elecciones internas con las que cada partido elegía por votación a aquellos candidatos que luego integrarían las  listas partidarias. Nada más democrático que la posibilidad de que los candidatos sean elegidos por sus propios vecinos, sean o no afiliados a los partidos políticos. Antes de las PASO votaban en internas únicamente los afiliados a cada partido.

Se supone que finalizadas las internas partidarias, las fracciones que participan en una interna debe sumarse a los ganadores, por aquello de que el que gana gobierna y el que pierde acompaña. La lógica y la filosofía de las internas es esa.

No obstante la práctica nos dice que no siempre suele ser así. Las fracciones que se enfrentan en una puja interna por lo general tienen diferencias, en algunos casos muy acentuadas, en otros no tanto. Cuando se trata de éstas últimas el resultado de las internas es positivo, los perdedores se incorporan a los ganadores, en algunos casos aportando candidatos propios, para luego todos juntos ir por el premio mayor intentando vencer al o los adversarios políticos que se inscriban en las elecciones generales.

Pero cuando las internas son encarnizadas, las diferencias profundas y las campañas muy duras, suelen quedar heridas abiertas difíciles de cerrar. En aquellos afiliados en los que prevalece el sentido democrático que inspira las elecciones internas, el problema es menor, pero en otros en cambio se transforma en una realidad inaceptable que lejos de buscar transitar por los caminos de la unión, se bifurcan hacia el encono y la negación ocasionando a su propio partido o alianza un daño que en algunos casos puede ser determinante de una derrota.

Se supone que quienes militan en un mismo partido o confluyen en una alianza, tienen coincidencias programáticas e ideológicas que les permiten compartir un mismo espacio. Si no aceptan la voluntad del electorado, desvirtuando su presencia en el seno de dicho partido o alianza, tal vez deban replantearse otro comportamiento. No obstante las posiciones duras o irreconciliables suelen ser patrimonio de la dirigencia, que no es necesariamente el pensamiento de los afiliados o simpatizantes. Y es allí cuando colisiona el poder con la razón, y los dirigidos toman el camino que les señala el acto democrático del que han participado y se encolumnan espontáneamente. Que así debe ser..

 

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