EDITORIAL

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CALLES DESIERTAS  y SOLIDARIDAD

Solo los camiones que transportan cereales o ganado, alguna que otra máquina rural y las camionetas que van o vienen del campo. Así se ven los accesos a la ciudad. El resto de las calles , desolación casi total.

Escuchando al intendente y los referentes de salud, en conferencia de prensa, podemos quedarnos tranquilos de que se está haciendo todo lo posible para preservar la salud de la población.

Vemos a los agentes de la Guardia Urbana en sus móviles parados en los accesos, a veces bajo el rayo del sol; algún vecino que se apiada y les ofrece algo fresco, observamos a los Bomberos siempre alertas, a la policía patrullando las calles y deteniendo a los que violan la cuarentena, y los hombres y mujeres de la salud pública casarense en sus trincheras de trabajo.

Nos emocionamos con la carta del Dr. Giuliodoro en Facebook o el reconocimiento de la Dra. Cristina Suárez por radio y observamos el cansancio en los rostros de quienes nos cuidan, pero igual siguen firmes allí.

No sabemos si todo eso va alcanzar para frenar a este enemigo inesperado hace tan solo unos meses atrás. Pero sabemos que hay hombres y mujeres que le presentan batalla aún a riesgo de su propia salud. Por ellos y por nosotros, debemos ser obedientes de los mensajes de las autoridades.

Lamentablemente sufrimos la desaprensión de muchos, violando la cuarentena, viajando a lugares turísticos o andando por las calles sin motivos serios, como así también los más de veinte mil argentinos, que, declarada la pandemia, viajaron al exterior cuando estaban avisados de las terribles consecuencias del COVID19, mostrando una impunidad absolutamente irresponsable con un típico accionar de tilingos vernáculos, cuyo mayor orgullo sería el de mostrar un sello más en el pasaporte, poniendo en riesgo la salud pública de todo el país.

Estos personajes son los que también alteraron la tranquilidad pueblerina de miles de habitantes que se repartían entre el trabajo, el estudio y el ocio.

Hoy está todo muy complicado, los abuelos no pueden disfrutar a sus nietos llenándolos de besos, los pibes no pueden andar en bici por las calles y las plazas ni ir a la escuela, los jóvenes no pueden ir a los “boliches” y los padres no pueden juntarse con amigos.

Pero la batalla no está perdida, es en estas circunstancias donde aflora la conciencia social de los buenos ciudadanos, los responsables, los que saben que “la patria es el otro”, los que quieren que este pueblo, nuestro Carlos Casares, vuelva a ser lo que era  hace tan sólo un par de meses atrás.

 

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