Editorial

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LO QUE ERA PAN COMIDO NOS DEJÓ EN TERAPIA INTENSIVA

Dos por tres a los argentinos nos nockea la realidad. El despertador del lunes 21 sonó a las 6 de la mañana (¿madrugada?), no para aquellos que se levantan todos los días a esa hora y que atiborran a los colectivos, trenes y subtes para ir a trabajar, sino para aquellos que madrugaron para ver el partido de la Selección. Ese programa tan esperado incluyó tibias medialunas recién sacaditas del horno y lo demás al gusto de cada uno, mate, café con leche o algunas de esas raras mezclas de las maquinitas a cartucho. Pero claro, el programa era otro, celebrar el triunfo de la Selección, que ante un rival como Arabia Saudita parecía cantado, pero el capricho de la pelota dibujó otra realidad. Argentina que comenzó ganando con un penal convertido por Messi, le anularon luego tres goles por posición adelantada y como si fueran los mitos de las leyendas árabes y las mil y una noche nos hicieron dos goles, poniéndose en ventaja y con una piña mortal que nos dejó fuera del cuadrilátero.

Ni Messi, ni Rodrigo de Pol, ni Lautaro Martínez embocaron una, los demás fueron un coro disfónico que acompañó la desdicha. Miles de argentinos que despoblaron sus cajas fuerte de dólares y otros que vendieron las joyas de la abuela, dijeron presente volando casi 40 horas para llegar a ese emirato soberano denominado Qatar, sede del Mundial de Fútbol 2022. Y allí cual si fuera una barra bullanguera hicieron sentir su presencia augurando que la copa ya tenía dueño y que ese dueño era Argentina.

¡MINGA!, hoy jugamos con México y si los charros de Jalisco nos hacen una pendejada, como dijo aquel filósofo tanguero, “adiós mis zapatos crema”.

 

Pero tampoco es cosa de tirar la toalla. El ánimo y las esperanzas nos van a ayudar, hay que demostrarles que somos más machotes que ellos y continuar en carrera. Que Dios nos ayude.   

 

 

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